Abuztuak 15 Askatasunaren eguna


Abuztuak 15 Askatasunaren eguna:


Urola Kostako Arragoa Elkartea

Gaiak , | Idatzi Iruzkin bat

De la existencia de los pueblos




Todos los grandes peligros que amenazan a la humanidad con la extinción

son consecuencias directas del pensamiento conceptual y del discurso verbal


K. Lorenz, On Aggression



https://abaroak.blogspot.be/2016/04/de-la-existencia-de-los-pueblos.html

Una gran parte de la teoría y práctica políticas continúan apelando al pueblo en apoyo de la bondad de sus tesis y aspiraciones políticas, sin que el término haya merecido, por eso, largos y profundos análisis. Frecuentes invocaciones al pueblo apenas sirven para resolver disputas y, mucho menos aún, conflictos políticos, porque el significado del término depende de sentimientos o emociones más que de un examen desapasionado. Se utilizan expresiones como "gobierno del pueblo" para ensalzar un régimen y otras como "populismo" para descalificarlo o demonizarlo. Tratándose de términos o conceptos políticos no puede ser de otra manera. Por lo tanto, el debate en torno a lo que la palabra pueblo significa sólo produce decepción y frustración en personas ingenuas o bien intencionadas, pero esto no significa que pueda dejarse de lado.

Esta indefinición resulta siempre cómoda y provechosa para los grandes imperios y sus acólitos, que reparten el título de pueblo en función de sus intereses. Así cuando los vencedores proclamaron durante la Primera Guerra Mundial y la subsiguiente Conferencia de Paz, el Derecho de Autodeterminación de todos los pueblos, éstos sólo existieron en el ámbito territorial bajo jurisdicción del enemigo, pero nunca en el propio. España y Francia han sido -no los únicos, por supuesto- pero sí modelos y colaboradores estrechos en el mantenimiento ultravisceral de esta actitud negacionista. El pueblo corso, el pueblo vasco, el pueblo catalán, el pueblo bretón, el pueblo gallego, el pueblo canario,.... no existen, ni han existido nunca, por decreto; es obvio que lo que no existe no puede reivindicar derecho alguno.

Puesto que "todo derecho es política", el Derecho Internacional también lo es. Si consultamos un libro sobre la materia, nos dirá que los sujetos de tal derecho no son las naciones (como parecería deducirse de cómo se denomina) sino los estados. Si en ocasiones se utiliza el término pueblo, como por ejemplo cuando se debate en torno al Derecho de Autodeterminación, es por haberlo convertido en la práctica –como Kelsen había caído en la cuenta ya en 1951- en sinónimo de estado. De ahí que el principio de Integridad Territorial del Estado prevalezca en la teoría y práctica jurídicas frente al Derecho de Secesión de los pueblos que, a veces, lo integran. Los mapas de la época reflejan este mismo punto de vista. Mas para nosotros, no son los estados, ni los gobiernos, ni siquiera estrictamente las naciones, sino los pueblos, los artífices del desarrollo social, para bien o para mal, de la humanidad desde sus inicios hasta hoy, porque sólo ellos ejercen el poder efectivo y el equiparable -en extensión e intensión- derecho natural anexo o inherente que conlleva. Si se afirma, como ocurre en general, que son los estados los agentes principales del proceso histórico-social, es porque estos últimos han engullido, masticado y digerido a los pueblos confundiéndose e identificándose con ellos. El estado es ahora un pueblo (aunque puede haber más de un pueblo dentro de sus fronteras reconocidas) o el pueblo ha devenido estado.

No negamos que naciones, estados e incluso gobiernos ("aunque puede resultar paradójico, ... en una Monarquía el Rey es el Pueblo") sean especies -legítimas o ilegítimas- del género, pero han habido y siguen habiendo pueblos sin estado, sin gobierno separado, y que, por tanto, tampoco pueden considerarse propiamente naciones, ya que la definición de nación incluye desde su irrupción en el vocabulario político alguna dimensión estatal, reconocida o no, pero necesariamente efectiva y perceptible como tal. Los pueblos pueden presentar o no esa marca, pero su capacidad para adaptarse a las condiciones que exige su conservación les ha ido dotando a lo largo del tiempo de la imprescindible o requerida efectividad. Todas las entidades políticas efectivas son necesariamente desarrollos o mistificaciones de un pueblo, especies del género. Los que, por uno u otro motivo, no fueron capaces de evolucionar adecuadamente han perecido.

Pero sería erróneo creer que la efectividadad política es exclusiva de los pueblos que son -o disponen de- Estado. Antes de la aparición del Estado los pueblos resolvían problemas que debemos considerar políticos mediante la totalidad del poder social que ejercían, sin órgano separado de poder. Existían. Porque en política en general y para el derecho internacional o sus equivalentes históricos en particular, las ficciones no cuentan. Los pueblos particulares, a diferencia de los individuos aislados, no son ficciones jurídicas abstractas, ni construcciones de la imaginación, ni meros entes de razón. Topamos con ellos inmediatamente en el transcurso de nuestras vidas, como facilidades u obstáculos en la ineludible realización del gene-culturalmente prescrito o fatal, en parte, y escogido, en parte, proyecto vital que somos, individual y colectivamente, en cada momento.

Los pueblos son algo más que agregados de individuos. Con diferentes nombres a lo largo de su dilatada trayectoria evolutiva, son conjuntos humanos diversamente organizados (materia y forma a la vez), inmediata o pre-reflexivamente conscientes de su identidad, nómadas o sedentarios, pero en cualquier caso, adscritos a un territorio que consideran de uso exclusivo y que satisfacen, duradera y efectivamente, sus necesidades, deseos o intereses mediante el empleo de aptitudes, recursos y energías que controlan directa o indirectamente. Un pueblo es un subconjunto o miembro del conjunto de pueblos del mundo. Cada pueblo siente como una amenaza para su supervivencia la existencia de los otros pueblos que conforman y limitan su horizonte vital, con los que está en permanente estado de enemistad o de guerra, aunque por razones evidentes mantenga alianzas coyunturales con algunos. "El hombre 'quiere' concordia, pero la naturaleza quiere discordia". La agresión y la guerra son instintos o predisposiciones naturales de los pueblos y de los hombres, pero no así la estructuración de aconteceres violentos, por frecuentes que sean, en específica y duradera institución definida por la relación gobernante-gobernado. El Estado es un artificio. Alguien lo ha considerado una obra de arte; otros han preferido compararlo con una complejísima máquina. Obra, pues, de los pueblos, al servicio de sus intereses. Erigido el primero, los demás fueron y son todos forzosos o irremediables.

No sé si hay mapas que colorean pueblos en lugar de estados, pero debería haberlos. Nos costaría menos entender los cambios que experimentan esos propios mapas con el paso del tiempo. Los pueblos existen en su concreta singularidad y no admiten otra definición que la ostensiva, como elementos in actu, es decir, ejecutando efectivamente lo que son, bien en relación consigo mismos fraguando constituciones absolutamente democráticas como resultado de su inherente ejercicio de autodeterminación, bien en relación transitiva y asimétrica con otros pueblos, dando lugar a la gama de regímenes que van de la democracia (mundana) al totalitarismo moderno. Caemos en la cuenta de la importancia que la existencia de otros pueblos tiene para nuestra perseverancia en el ser antes de reflexionar o verter "conceptos adecuados"(Bergson) sobre la semántica del término. En sentido riguroso afirmar que un pueblo existe no es otra cosa que el inmediato caer en la cuenta del efectivo ejecutarse de aquel en la determinada circunstancia que nos constituye y la también efectiva y recíproca respuesta espontánea y efectiva que conlleva por nuestra parte o por parte de otros pueblos. Comprobada y señalada así la existencia de un pueblo podemos a continuación describir o fijar conceptual o verbalmente los innumerables atributos o ingredientes que lo definen, lo que podemos denominar su esencia. Ellos componen la totalidad del poder en ejercicio, es decir, la unidad y singularidad de cada pueblo. Uno cualquiera de esos ingredientes puede bastar para diferenciarlo de los demás. La raza, la lengua, la religión, la historia, las costumbres, el control desigual de recursos de cualquier género o el territorio, han sido los más utilizados. Pero la existencia no es uno de esos atributos o ingredientes esenciales, sino la condición necesaria de la efectividad de cada uno y de la estructura que componen en conjunto.

Denominamos poder a la actividad sostenida de un determinado pueblo en la consecución de sus objetivos de supervivencia y bienestar. Desaparecida la idea de que todo poder procede de Dios o de la Razón (es decir que son Dios o la Razón Universal quienes determinan el curso de los acontecimientos) acaba por imponerse la evidencia de que el poder reside en el pueblo. "Los pueblos son siempre los que mandan, sea cual sea el tipo de Gobierno". Pero no es que resida en el pueblo como sustancia o agente previo que ejerce, o no, a posteriori, una cualidad que “posee”, sino que el poder es lo que le constituye como tal, manifestación o presencia de su esencia actualizándose, "siéndose", como extremo de una relación perceptible en nuestra experiencia vital -"saber constitutivo del ser radical del hombre"-, por inserta en la circunstancia que nos constituye, como facilidad o dificultad, con las que contamos en la inexorable y esforzada tarea de asegurarnos y labrarnos la vida individual y colectiva al mismo tiempo. De modo que los grupos humanos sin el poder suficiente para sobrevivir, para constituir elementos básicos de la relación descrita, no pueden considerarse pueblos, son como abortos, nadie se acuerda de ellos, "han sucumbido como si nunca hubiesen sido". Los pueblos se reconocen porque son capaces, actual o previsiblemente capaces, de alterar la configuración del mapa y generar en cada momento el orden o el desorden, el grado de libertad o de caos de la sociedad global. "Existen porque resisten, resisten porque existen". "Siglos de resistencia contra el imperialismo son la prueba irrefutable de la existencia del pueblo vasco"1.

A partir de finales de la Edad Media, en sincronía con la aparición de una nueva forma de estado y del resto de cambios sociales que van a constituir la Modernidad, los pueblos devienen naciones de uno u otro signo, democráticas, despóticas o totalitarias, mejor o peor adecuadas política, económica e ideológicamente a la situación del momento en función de sus particulares intereses.

Si procedemos a ordenar hoy ese conjunto referencial mediante la relación "ser igual o más poderoso que", el conjunto quedará totalmente ordenado, porque dicha relación tiene todas las propiedades necesarias para ese cometido. Su representación tendrá la forma de una pirámide, truncada o no, de amplísima base y una, dos o varias naciones-estado en la parte superior reflejando el carácter unipolar, bipolar o multipolar del máximo poder en la contemporaneidad. Los diversos elementos del conjunto, pueblos singulares, con nombre propio y en diferente estadio de evolución política, ocupan una posición determinada por el poder que ejercen en su relación con todos los demás, a los que consideran enemigos actuales o posibles. “Los reyes y personas revestidas con autoridad soberana, celosos de su independencia, se hallan en estado de contínua enemistad, en la situación y postura de gladiadores, con las armas asestadas y los ojos fijos uno en otro”.

Puesto que en el mundo contemporáneo se trata de naciones en conflicto, el sistema global que generan recibe la denominación de imperialista. Los poderes superiores, los únicos plenamente independientes, son imperios por antonomasia. Otros tienen que contentarse a regañadientes con participar en el festín como invitados segundones, "terceroles”,... y así sucesivamente en la medida de su poder. Los demás hacen lo posible por sobrevivir, resisten como pueden en el sistema, tratan de mejorar su posición en él aprovechando como pueden o saben, sin otra consideración que su propio interés, las oportunidades que se les presentan o se les permiten; y cuando no pueden más desaparecen. Descubren así el verdadero significado político de la igualdad de todos los estados que proclama hipócritamente el Derecho Internacional.

Con esto no queremos decir que todos los pueblos están insuflados del mismo ardor imperial. Ello depende también de su organización política interna. Un pueblo que desea la libertad y la igualdad, con raíces y memoria democráticas, pronto se da cuenta de la contradicción que existe entre democracia y nacionalismo expansionista, pero casi siempre es demasiado tarde para rectificar: “porque lo cierto es que vuestro imperio se ha transformado en despotismo, cosa que no se tiene por buena, pero que nunca puede soltarse de repente sin gravísimo daño". El sistema imperialista posee y se rige por sus propias reglas que no tiene sentido ignorar.

Los "pueblos de dioses" si, como se nos dice2 los hubo, no fueron imperialistas. El imperialismo es resultado del surgimiento o de la liberación -acontecimiento sumido hasta ahora en las cavidades oscuras de la historia- del deseo de poder y del correlativo deseo de obediencia y la concomitante aparición del estado.... y de La Razón. El hombre, en posesión -merced a la selección natural- del gen prometeico, quedó deslumbrado por su propia capacidad de razonamiento lógico-matemático. A partir de determinado momento histórico decidió que solo las ideas "claras y distintas" debían merecer el título de existentes. Con esos ladrillos se aprestó a construir el edificio social, homogéneo y globalizado, en el que “el hombre sin atributos” podría ya vivir en paz y prosperidad, tras ser desarmado y domesticado.

Pero como hemos visto, la existencia no puede ser contenido de ninguna idea como evidenció, sin pretenderlo, Anselmo de Canterbury en su afán de probar la existencia de Dios a partir de la idea que de Êl puede hacerse incluso el Insensato. En el ámbito de la efectividad (ámbito de la vida y sus actividades inherentes, como la política) la existencia no coincide con la esencia, no puede pues derivarse de ésta, sino que, al contrario, es pre-condición o prelación respecto de su ejecución efectiva.

La existencia de un pueblo solo puede percibirse en la presencia mutua, en el saber inherente que esta reciprocidad genera espontáneamente en ellos, interrelacionados siempre conflictivamente por el mero hecho de ser "Otros que Nos-otros". Creer que el debate o el diálogo pueden sustituir a la posibilidad de la guerra, a la relación amigo-enemigo, como la verdadera expresión del carácter de las relaciones entre los pueblos, es un error. Ningún componente de los que integran la esencia histórica de un pueblo (su cultura, su economía, su historia, su religión, etc.) tiene garantizada su continuidad sin garantizar su existencia. La última garantía de la existencia de un pueblo es la actualización e institucionalización de la potencia, poder y fuerza que le constituyen contra los que pretenden liquidarlo por los mismos medios más o menos camuflados de pacíficas instituciones ad hoc. Cuando el conflicto natural o espontáneo, permanente, en torno a cualquiera de las múltiples características que constituyen la singularidad y diversidad de los pueblos se encona y alcanza un alto nivel de intensidad, el conflicto adquiere categoría refleja y masiva de “político” y se define como tal, es decir, como enfrentamiento existencial que sólo puede acabar con la derrota del enemigo por medios violentos. La guerra, o la amenaza de la misma, manifiesta entonces en la superficie la presencia que en todo momento le corresponde per se en la estructura misma de la relación social. Nadie pone entonces en duda la existencia de los pueblos contendientes.

Los hombres y los pueblos son lo que son y se comportan como son, por mucho que a algunos les convendría y prefirieran que se comportaran de otro modo. En el mundo y el tiempo en que vivimos, los interesados en un comportamiento diferente de los pueblos sometidos u ocupados, más razonable y ajustado a lo que han decidido y convenido Ellos que sería beneficioso para la humanidad, no se resignan a ser malhumorados pero pasivos espectadores de nuestra “irracionalidad” y ruina consiguiente, sino que disponen de abundantes medios disuasorios de todo tipo para conducirnos, contra nuestra voluntad, por el "buen camino". Se sirven de elecciones y concesiones de derechos concebidos, programados y otorgados por los mismos que se aseguran, ante la eventualidad de la guerra, el monopolio de la violencia.

La política es la continuación de la guerra por otros medios. En esta situación un pueblo que abandona la política entendida de esta manera y pretende sustituirla por el diálogo (en el ámbito del pensamiento) y la competencia (en el ámbito de la economía) se expone a desaparecer. La “buena” administración de las cosas no puede ocupar el lugar vacío de la política. Cuando ocurre, desaparecen también, mas o menos pronto, todos los ingredientes que componen su singularidad. Su pacifismo no va a impedir que haya quien lo convierta en objeto de sus ansias de poder. "Porque un pueblo haya perdido la fuerza o la voluntad de sostenerse en la esfera de lo político, no va a desaparecer lo político del mundo. Lo único que desaparecerá en ese caso es un pueblo débil".






1. Aquí radica el fondo de la cuestión; lo que ha inducido al autor a escribir estas líneas para tratar de resolver sus propias dudas.

2. Egalitarian anarchic communities did in fact survive for millennia. Homo sapiens lived in such communities for nearly all of his forty or fifty thousand years. Michael Taylor, Community, Anarchy and Liberty. (Cambridge University Press, 2000, p. 3).

Gaiak , | Idatzi Iruzkin bat

Catalunya vs. España: ¿Quién gana a Quién?


http://abaroak.blogspot.com.es/2015/02/catalunya-vs-espana-quien-gana-quien.html

No hay conflicto entre grupos humanos sin contendientes convencidos de que pueden resolverlo a su favor. Cuando el conflicto alcanza su punto álgido, los contendientes, mediante el habitual juego de alianzas y desalianzas, se reducen, concentrándose lógicamente en dos bandos en liza.

En el terreno específico de la política que haya contendientes significa que la victoria no está garantizada de antemano por ningún oráculo infalible, ni por ninguna ley divina, natural o positiva. Si no fuera así no estaríamos ante una relación de naturaleza política, sino ante un conjunto de desalmados criminales que disfrutan con la práctica del mal en un extremo de la misma y, en el otro, ante un conjunto de locos o suicidas voluntarios a los que la vida les pesa ya demasiado y prefieren morir. Un hecho que, de darse, no pertenece al conjunto referencial que nos ocupa.

Catalunya “tiene” el poder suficiente para intentar separarse de España y dotarse de un estado propio e internacionalmente reconocido. España, por su parte “retiene” el poder global suficiente para tratar de impedírselo. Por eso estamos ante un conflicto de carácter político, de resultado incierto, imprevisible y arbitrario, que, a la larga, no ofrece otra alternativa que la victoria definitiva de uno u otro de los contendientes: ¿Quién puede a Quién? La naturaleza no meramente cuantitativa de los elementos enfrentados que componen la relación conflictual convierte siempre en contingente el resultado. Suerte -que importa, y mucho- al margen, todo queda en manos del valor, la pericia, el conocimiento, la intuición y genialidad estratégicos de los respectivos pueblos y de sus dirigentes.

En resumen, el acierto o desacierto de una determinada estrategia dependerá del tipo de respuesta que se dé a preguntas como las que que formulamos a continuación: ¿cuándo, dónde y cómo (por qué medios) se debe plantear la confrontación necesaria y decisiva que nos conducirá a la victoria?

La primera de las cuestiones ya tiene respuesta. Los catalanes han decidido (si acertadamente o no es distinta cuestión) que ha llegado el momento propicio para desligarse total y definitivamente del yugo del imperio y constituirse en estado independiente y reconocido -con todos los derechos y obligaciones que comporta- en el seno de la ONU. El Estado “social y Democrático de Derecho” español, miembro reconocido a todos los efectos de dicha Organización, se opone frontalmente a las pretensiones catalanas. Resulta paradójico que unos y otros defiendan sus antagónicas posiciones aduciendo a su favor valores, principios y derechos democráticos. Las espadas siguen en alto y pocos son los que, aparte de expresar prejuicios o deseos, se atreven a predecir sine ira et studio el resultado final del litigio.

La segunda pregunta en su dimensión espacial no es aquí muy relevante y sus otras vertientes modales pueden ubicarse en el ámbito de respuesta de la tercera.

¿Cómo? ¿Por qué medios? Hace ya más de siglo y medio que Tocqueville anunció que en adelante el totalitarismo sólo podría imponerse y perdurar travestido de democracia. Los hechos han confirmado a pies juntillas este pronóstico y el totalitarismo enmascarado de la actualidad, en su versión imperialista sobre todo, sigue gozando de excelente salud. Tanta que ha devenido fondo, forma y denominación del sistema político mundial, o al menos occidental, que sufrimos. Estamos en la época del Imperialismo, como otrora estuvimos en la del Feudalismo o en la de las Guerras de Religión. A fortiori, es época de movimientos de liberación nacional, de luchas de pueblos sometidos por ejercer el derecho inherente de poseerse a sí mismos1. En consecuencia, si admitimos que la llama de la democracia sigue viva, siquiera en forma de rescoldo, tenemos que concluir que hoy en día en el mundo occidental coexisten codo con codo dos sistemas políticos antagónicos que no sólo se denominan de la misma manera, sino que incluso se parecen externamente como una gota de agua a otra. Todos ellos se dicen defensores de los Derechos Humanos (individuales Y colectivos), disponen de Parlamentos, Partidos y Sindicatos, alardean de libertad de prensa, celebran periódicamente elecciones, etc. etc. En una palabra, todos se dicen democráticos y se jactan sin parar de serlo, a pesar de su intrínseca y absoluta oposición.

Si los gobiernos citados se parecen estructuralmente entre sí, lo mismo ocurre con los hombres y mujeres sobre los que gobiernan. Un estado es democrático cuando está habitado por demócratas y viceversa. A su vez, una gran mayoría de los súbditos voluntarios de un régimen fascista (disfrazado o sin disfrazar) son fascistas (por mal que le pesara a Manuel Azaña) y viceversa. Por eso Rousseau, antes incluso que Tocqueville, nos avisó de que cuando la “corrupción” alcanzara el nivel preciso sería muy difícil distinguir, en el plano conceptual, entre demócratas y totalitarios. Sin embargo, el principio que guía la conducta de los primeros es la Virtud (el interés general por encima del particular), mientras que la de los segundos se rige contínua y exclusivamente por el Temor de cada individuo a todos los demás (sálvese quien pueda y como pueda). Todos se proclaman demócratas. En el plano de la mística, la intención o la espontaneidad, unos lo son de verdad y los otros de pacotilla. Los primeros son iguales porque cada uno se posee a sí mismo, los segundos porque no son nada. Unos quieren la independencia nacional, luchan por mantenerla o recuperarla, mientras los otros se aferran como lapas a las migajas que les ofrece el imperio que los devora y anonada progresivamente. Aspiran a cosas diametralmente opuestas bajo una única pancarta que los homogeneiza ideológica y políticamente: los derechos del Hombre, con el que De Maístre, dicho sea de paso, confesaba no haberse topado jamás. ¿Cómo es posible esta coincidencia estratégica entre intereses y deseos contradictorios? La conciencia en ninguno de sus estadios registra, traduce o expresa directa o inmediatamente las respuestas primarias del corazón -en forma de preferencias y desdenes, de facilidades y resistencias- a los estímulos de la circunstancia en y con la que el ser humano es y convive. Para dotarlas de eficacia política se necesita la mediación de la Palabra y ésta es substancia y patrimonio del Poder, tanto en las sociedades indivisas como en las divididas. Por eso un pueblo, aunque sometido y ocupado, tarda en desaparecer pero puede ser pronta y fácilmente engañado hasta el punto de “combatir por su esclavitud como si fuese su libertad”. A lo largo de la historia la ideología dominante ha sido la ideología de los que detentan el Poder, los amos del Discurso. Hoy, dado el control político descomunal que ejercen sobre los abundantes y potentísimos medios de comunicación y propaganda, el éxito de su permanente tarea intoxicadora es más fácil que nunca. El conjunto de causas o motivos que influyen en el comportamiento humano son fruto de la biología y la cultura actuando indefectiblemente de consuno, de las predisposiciones o preadaptaciones e instintos heredados (individual y colectivamente) y de las instituciones. Los instintos, nos complazca saberlo o no, son nuestros sin remedio. En el caso de naciones o pueblos subordinados, las instituciones son mayoritariamente ajenas. En ellas “estamos, nos movemos y somos”. Mientras queramos perseverar en el ser debemos erigir irremisiblemente las nuestras.

¿Qué es lo que ha caracterizado en el pasado a una democracia política y la ha diferenciado de un sistema despótico? No hace tanto tiempo que el conocido jurista danés Alf Ross definía la democracia como una forma de gobierno en la que cualquier conflicto político se resuelve finalmente recurriendo a la voluntad de la mayoría. Sólo contra los intolerantes sería lícito el empleo de la fuerza “para preservar la libertad bajo una Constitución justa”. El gobierno totalitario, por el contrario, acude a medios violentos porque no se asienta sobre el principio democrático de una persona un voto. Es decir, hay que elegir entre la Razón y la Fuerza o, jugando con los términos, entre la razón de la Fuerza y la fuerza de la Razón, para mostrar así la oposición dialéctica, en lugar de puramente formal, que existe entre ambos conceptos. En democracia imperan el diálogo, la persuasión, el acuerdo y, en última instancia, referendums, consultas y elecciones. Incluso las formas de protesta en petición o defensa de los susodichos derechos, desde la crítica verbal o escrita hasta la huelga y la desobediencia, han sido estudiadas, formuladas y reguladas para que no sobrepasen las fronteras de lo permisible. En un sistema totalitario tradicional todos los medios citados eran inútiles y peligrosos porque se gobernaba mediante la violencia controlada en régimen de monopolio por la minoría gubernamental en contra de la mayoría silenciada. Pero esto permitía a los clásicos distinguir a primera vista una y otra forma de gobierno. ¿Qué ocurre cuando el régimen totalitario legitima también sus actuaciones en base al consentimiento generado mediante procedimientos que se consideran “democráticos”? Si tras la de-substancialización de la democracia, el consentimiento de la mayoría -al que a veces se adorna hiperbólicamente con el nombre de consenso- se ha convertido en criterio casi exclusivo y universal de legitimación del régimen, es obvio que eso se puede conseguir, bien porque los gobernados acatan siempre las decisiones del gobierno o bien porque el gobierno se acopla a la voluntad popular. Dos situaciones muy diferentes, pero que permiten utilizar idéntico instrumental en la manera de gobernar.

He aquí brevemente descrito el contexto social -democrático-liberal lo denominan algunos- en el que los catalanes se disponen a luchar por su permanente objetivo de liberación nacional y estado (institución de instituciones) propio. Un escenario en el que todos los objetivos pueden ser pretendidos y, si son justos, alcanzados empleando medios pacíficos. Quizá han pensado que hay que aprovechar las tendencias de la época, sin preguntarse si el viento que las arrastra sopla a favor o en contra2. Es evidente que nunca faltan marejadas en el proceloso mar de la política; lo que importa es saber aprovechar olas y corrientes que empujan hacia playas de salvación y eludir o afrontar las que nos arrastran sin remisión hacia acantilados de muerte.

Fases en el proceso de resolución del conflicto:
Aunque se han señalado hasta ocho etapas en la carrera hasta la independencia y el nuevo estado, que va desde la exigencia de demandas democráticas hasta la consecución de la independencia y el estado propios, parece posible reunirlas en las tres fases que enumeramos a continuación:

Primero.“La ideología es la determinación de la conducta por medio de las ideas”. Si, atrapados en la tela de araña ideológica tendida por agentes del nacionalismo imperialista, los catalanes se empeñan en conseguir su objetivo al amparo de una Constitución que materializa y soporta aquélla, sus esfuerzos serán baldíos; hablarán y argumentarán hasta caer extenuados “al amanecer” sin resultado positivo alguno; se exasperarán al comprobar que su oponente dialéctico, tras haber impuesto la contradicción en base misma de su cadena argumentativa, tiene respuesta válida para todo. La coherencia del discurso le trae al fresco. Por esa vía que algunos han denominado “la vía catalana hacia la independencia”, la derrota está cantada antes incluso del pistoletazo de salida. Esta etapa ha sido ya recorrida. Los hechos la valoran por sí solos.

Segundo. Si, agotados por tanto trabajo sin recompensa, optan por tomar decisiones unilaterales -crear instituciones o estructuras de estado propias-, se les aplicará el castigo que las leyes vigentes contemplan para los casos de incumplimiento de las mismas. Cualquier proclama o decisión en ese sentido será nula de pleno derecho y consecuentemente invalidada. Se tomarán además todas las medidas precisas en defensa de la “justa Constitución”: jurídicas, administrativas y, en caso de necesidad, incluso penales.

Tercero. Si, desairados y encolerizados por el poco juego que permite esta democracia3 donde “todo es posible pacificamente”, en su marcha hacia la independencia recurren a la insurrección, serán violentamente reprimidos porque la “democracia” tiene derecho a defenderse a sí misma de intolerantes y antidemócratas que quieren acabar con ella utilizando la violencia. Serán además acusados de iniciarla y el estado español aducirá a su favor el derecho de legítima defensa ¿Cuánto sufrimiento estaría dispuesta a soportar Catalunya? Un editor español afincado en Catalunya y recientemente fallecido se atrevió en una entrevista periodística a dar respuesta a esta pregunta traduciendo a capricho el término catalán seny, sin equivalente en el idioma español. Porque pese a la abundante literatura utópica al respecto, los recurrentes sueños violentos de los humillados de la tierra nunca se convierten en realidad. “La rareza de las rebeliones de esclavos y de las revueltas de los desheredados y oprimidos resulta notoria; en las pocas ocasiones en que se produjeron fue precisamente una loca furia la que convirtió todos los sueños en pesadillas. Identificar los movimientos de liberación nacional con dicha loca furia es profetizar su ruina”.

¿Quiere esto acaso decir que los catalanes no pueden en ningún caso alcanzar su objetivo? Nada más lejos no solo de mis deseos sino también de mi forma de pensar. ¿Cómo lo pueden lograr? Artur Mas apeló en cierta ocasión a la astucia. No conozco exactamente el significado estratégico concreto del término en boca del “President de la Generalitat”: no sé si quiere decir que ya no sabe qué más hacer o que oculta en su manga la carta estratégica precisa que le dará la victoria en el momento oportuno. En cualquier caso conviene darse prisa porque el tiempo no corre generalmente en beneficio de los que están en situación desfavorable. Y un nuevo fracaso retrasaría imprevisiblemente el horizonte independentista catalán.

Espero, pues, que los catalanes acierten a la hora de proyectar y poner en funcionamiento la estrategia válida capaz de superar los obstáculos señalados. Entonces -y sólo entonces- pueden ganar. Espero que así sea para provecho y satisfacción de los catalanes y de los demócratas en general.





1. Porque si “un pueblo se ve obligado a obedecer y obedece, hace bien; pero tan pronto como puede sacudirse el yugo y se lo sacude, hace todavía mejor; pues recobrando su libertad con el mismo derecho que se le arrebatara, o está justificado el recobrarla, o no lo estaba el habérsela quitado”.

2. “Soplan vientos a favor del derecho a decidir”

3. Spiral of disagreements/tension between “parent” state and the new demos (with violent episodes or not, depending on cases).

Gaiak , , , | Idatzi Iruzkin bat

Urola Kostako Arragoa Elkartea